Los antiguos egipcios se asentaron en el noreste de África, en un territorio desértico, atravesado de Sur a Norte por el río Nilo. Las crecidas periódicas del Nilo durante el mes de julio depositaban en sus orillas el limo o tierra fértil que arrastraban sus aguas; ya en octubre, una vez retirada la inundación, la población podía dedicarse al cultivo de la tierra.
Los egipcios perfeccionaron su técnica agrícola construyendo un amplio sistema de diques y canales, que les permitió obtener hasta tres cosechas anuales.
El proceso de unificación en el Antiguo Egipto
Antes de la formación del Estado faraónico, Egipto estaba dividido en numerosas provincias –llamadas “nomos” –, que concluyeron agrupándose y dando lugar a dos reinos: el Alto Egipto, al Sur, con capital en la ciudad de Nejen –también llamada Hieracómpolis– y el Bajo Egipto, al Norte, con capital en la ciudad de Buto. Cada rey poseía sus propios símbolos y sus dioses particulares. Mientras el rey del Alto Egipto adoraba a la diosa buitre Nejbet, representada con una alta corona de color blanco, el rey del Bajo adoraba a la diosa cobra Uadyet, a la que se representaba con una corona roja. Tras un largo proceso, uno de los reinos sometió al otro y el rey triunfante ciñó una corona unificada.
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Corona blanca del Alto Egipto o Jedyet
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Corona roja del Bajo Egipto o Desheret
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Corona del Egipto unificado o Pshent
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Paleta de Narmer, rey unificador de Egipto. Se trata de una placa de pizarra tallada con bajorrelieves que testimonia el proceso de unificación de Egipto en los tiempos del rey Narmer, quien habría gobernado entre los años 3185 y 3125 a.C.














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